Índice
Capítulo 1.
Fabio «Goldie» Fontana sacó un pañuelo de hilo almidonado de su bolsillo y se limpió la sangre que le manchaba los nudillos. La mujer que lo miraba con una mano crispada sobre la boca se había pasado de lista y avariciosa, y eso, en el mundo de Fabio, resultaba una combinación letal.
Dio un paso atrás y apoyó la mano en la cadera con un gesto indolente. «Aún no es suficiente», pensó y desvió la mirada con resignación de la figura patética con el maquillaje arruinado. La actitud derrotada de Annie lo aburría, pero eran gajes de su oficio.
Se agachó frente a ella y miró con ojo crítico la sangre que emanaba del labio partido. Pasó la punta del dedo índice por la herida y la esparció como si de un macabro carmín se tratara. Luego, de un tirón brusco a la melena, puso a la mujer en pie y la dejó trastabillando en el medio del cuartillo. Con una mueca lobuna en sus labios, Fabio observó el temblor de sus hombros estrechos, mientras ella miraba alocada hacia las esquinas, en busca de una ayuda inexistente.
Entonces, se apartó apenas un paso, justo lo suficiente para tomar impulso, y descargó toda la fuerza de su brazo en un puñetazo en la cara. El alarido de la mujer, el crujido del hueso y el golpe sordo del cuerpo contra el suelo sonaron casi al unísono.
Con un gesto grácil de la cabeza, Fabio se apartó el mechón de pelo dorado que le había caído sobre la frente, se limpió el sudor y extendió el brazo con la palma de la mano hacia arriba. Como un muñeco con un resorte, un tipo de figura flaca se irguió en uno de los rincones oscuros del cuarto, proyectó una sombra larga sobre la mujer encogida y depositó, sin articular palabra, un martillo en la mano exigente del jefe.
Fabio cerró los dedos sobre el mango de la herramienta con suavidad, la balanceó unos instantes y se dejó caer. Clavó la rodilla en el antebrazo de la mujer, le inmovilizó la mano contra las maderas del suelo y, haciendo oídos sordos a los gritos y súplicas, propinó el primer martillazo en el dorso de la mano. Entre alaridos enloquecidos, los golpes posteriores trituraron con precisión cada uno de los dedos y dejaron en su lugar un revoltijo de carne, pellejos y trozos de hueso mezclados con las astillas de la madera del piso.
Fabio se puso de pie y evaluó la escena con calma. Echó al suelo el martillo ensangrentado y, con un último vistazo al cuerpo de la mujer inconsciente, le arreó una patada final en la cabeza.
«Suficiente».
Notó como su entrepierna se inflaba ligeramente, al fin.
Pidió a Berto que trajese a Cora y a las demás para que pudiesen ver qué ocurría con las mujeres que no sabían cuál era su lugar.
Capítulo 2.
Fabio «Goldie» Fontana