Viernes, 23 de octubre.


—La hemos encontrado —repitió en el teléfono—. ¿Me ha oído, doctor Sutton? —La jefa de Policía alzó la voz para compensar las interferencias que causaba la tormenta.
—¿Ella está bien?
Kate Ryder echó una mirada a las fotos que se estaban cargando en la pantalla de su ordenador.
—Es mejor que venga de inmediato —insistió.
—¿Es necesario? —El crujido de la línea apagaba la voz—. Estoy haciendo el equipaje. Me voy cuanto antes.
La jefa Ryder chasqueó los dedos con urgencia para llamar la atención de uno de sus agentes.
—No se vaya de la isla antes de pasar por la comisaría, doctor Sutton. Le envío una patrulla a recogerlo. ¿Está en casa?
—No se moleste. Voy yo.
Kate colgó. Desde la ventana de su despacho, la calle se intuía desierta más allá de la luz temblona que dos farolas proyectaban sobre el pavimento. El viento aullaba y hacía que la lluvia cayese de forma casi horizontal, desagradable y fría. Esperó veinte minutos hasta que un coche de alquiler paró frente a la comisaría de Isla Roca. Las luces se apagaron y pudo distinguir la figura dentro del coche, quieta por un instante antes de abrir la portezuela.
Kate salió del despacho justo cuando Max Sutton entraba con una ráfaga de aire que cerró la puerta de un golpe tras él. Cruzaron una mirada silenciosa a través de la sala. Se hizo a un lado para que Sutton entrase a su despacho, y él se plantó en el medio; no hizo amago de sentarse. Miró a su alrededor y Kate dejó pasar esos segundos, mientras él se aclimataba al espacio que ella no se había molestado en decorar. En la penumbra, la luz amarilla de un flexo bañaba la superficie de un escritorio de madera ajada. El ordenador portátil, colocado en el centro de la mesa, tenía a su lado un bolígrafo alineado con precisión maniática. Las paredes se veían desangeladas, sin estantes ni fotos. Tan solo había un mapa de la isla con el emblema de la Policía impreso en una esquina, como si fuese el recordatorio del código de conducta en una celda monástica.
—Doctor Sutton. —Kate lo interrumpió.
—¿Cómo está Amanda? —Max Sutton se volvió con la mano extendida hacia la policía—. ¿Dónde está?
Aunque la voz del doctor sonó exigente sobre el rumor de la lluvia que batía los cristales, la jefa de Policía cerró la puerta con calma, apoyó la espalda en ella y se dedicó a observar a su invitado sin disimulo.
El doctor vestía como todos los turistas que visitaban la isla cada verano, pero a esas alturas del mes de octubre, Max Sutton destacaba porque era el único turista que quedaba. Se percató de que los ojos verdosos del médico trataban de leer en los suyos. Un mechón de pelo húmedo se le había pegado sobre la sien. La barba era espesa, algo descuidada, de pelo castaño con alguna hebra gris. Kate buscó en vano la expresión de la boca. Siguió las manos cuando Sutton escondió los puños tensos en los bolsillos.
Al fin, Kate Ryder desvió la vista hacia el reloj que marcaba ya las once de la noche, y se sentó con el gesto del que lleva trabajando toda la jornada sin descanso.
—Siéntese, por favor.
—¿Qué ha ocurrido? —Max Sutton echó una mirada fugaz hacia la puerta cerrada del despacho—. ¿Ha dicho Amanda dónde ha estado todo este tiempo?
Kate Ryder se recostó en su sillón de cuero viejo con los brazos cruzados. La cara le quedó en la sombra de la bombilla, con la expresión indescifrable. El fogonazo de un relámpago encendió las gotas de lluvia que resbalaban por el cristal de la ventana.
—La señora Ballester no ha dicho nada, me temo.
—¿No?
—Hemos encontrado un cadáver, doctor Sutton.
Kate siguió el leve movimiento que deshizo el ceño en unas cejas arqueadas por la sorpresa.
—¿Amanda?
—Necesito que identifique a Amanda Ballester.
Max Sutton no preguntó cómo había muerto su novia.